11 ene. 2011


La caducidad de las cosas (obsolescencia programada)

El pasado domingo por la noche pusieron en la 2 de TVE un documental llamado “comprar, tirar, comprar” que trataba sobre los productos que se fabrican para que fallen, y que así haya que comprar otros para sustituirlos. Os dejo el enlace:


La obsolescencia programada (o caducidad) es una de las bases en las que se fundamenta la sociedad de consumo.

En 1924, los fabricantes occidentales de bombillas se dieron cuenta de que, si las bombillas no se estropeaban, no se venderían nuevas bombillas. Sin venta de bombillas no habría negocio, ni fábricas, ni puestos de trabajo. Todos los fabricantes se unieron en una organización denominada “Phoebus” (Ginebra, 25/12/1924) y se impusieron una norma: las bombillas no debían funcionar más de 1000 horas. Se probaban periódicamente bombillas de todas las fábricas y se multaba a las empresas que superaban las 1500 horas de uso.
La bombilla de Edison funcionaba durante 1500 h. En 1924 ya duraban 2.500h. Y en los años siguientes se patentaron filamentos que llegaban hasta las 100.000h. Claro ejemplo de esto es lo que sucedía en la Europa del Este, que no dependía de las leyes del mercado. Mientras tanto, en occidente, “Phoebus” consiguió reducir la vida útil de las bombillas a 1.500h. En 1926 y a 1.000h en 1940.
En una estación de bomberos de California hay una bombilla que lleva encendida desde 1901 (casi 110 años).
En 1933 Bernard London propuso la obsolescencia programada obligatoria para todos los productos en Estados Unidos, como sistema para salir de la recesión económica después del crack del 29. Todos los productos que ohy en día llamamos “de consumo” se considerarían muertos después de un plazo, y los usuarios tendrían que entregarlo al estado para su destrucción.
En 1940 Dupont inventó el Nylon. Las primeras medias de nylon que se repartieron entre los trabajadores de la empresa para que las probaran eran tan resistentes, que la empresa ordenó a sus químicos que rediseñara la fibra para que se estropease antes. En una película de 1951 se cuenta cómo un químico diseña un tejido que no se desgasta. Al final los empresarios y los trabajadores le persiguen, porque se quedan sin negocio y sin trabajo.
En la década de los 50 se cambió la forma de aplicación de la obsolescencia programada. En vez de hacer que los productos se estropeen, se trata de hacer que el consumidor desee renovarlo. La publicidad, los créditos bancarios y el diseño industrial se encargan de ello. La clave está en que el usuario sienta la necesidad de renovar los productos antes de lo necesario, simplemente por tener la versión más moderna. Este movimiento fue liderado por Brooke Stevens, diseñador industrial.
Actualmente existe un movimiento, denominado “decrecimiento”, que se opone al sistema de la sociedad de consumo. Exponen que el actual sistema sólo se sostiene creciendo indefinidamente, y que actualmente sabemos que los recursos del planeta no son infinitos. Es como conducir un coche acelerando cada vez más, que antes o después acabará despeñándose.
A pesar de existir tratados internacionales contra la “exportación” de residuos electrónicos, a Ghana llegan diariamente toneladas de desechos, camuflados como productos de segunda mano, que incluso reciben ayudas de sus países de origen como parte de programas “de ayuda tecnológica al tercer mundo”.
Referentes de esta corriente son Serge Latouche, John Thackara o Michael Braungart. Éste último plantea una posibilidad sostenible a la actual sociedad de consumo basándose en el funcionamiento de la naturaleza:
La naturaleza tiene ciclos anuales, con fases en las que se consume mucha energía (primavera) y otras en las que se desechan materiales (otoño). Sin embargo, no se producen residuos, sino nutrientes que sirven de base a los futuros ciclos. Lo que quiere decir (desde mi punto de vista) es que no necesariamente hay que abandonar el producto de consumo, sino replantearse los sistemas de producción. Si todo fuese 100% reciclable, eliminaríamos el problema de los residuos, reduciríamos el consumo energético de los procesos de fabricación (en algunos hasta un 95%) y daríamos trabajo a más gente.
Os dejo alguna referencia más:
“Made to break” de Giles Slade.
“Doors of perception” de John Thackara.
“Cradle to cradle” de Michael Braungart y otros.